¿Por qué hablo como mi madre?, por Una Casa en las Estrellas.

Todos en algún momento de nuestra vida (o quizás en muchos momentos) nos hemos prometido firmemente a nosotros mismos que nunca actuaríamos como nuestros padres, que nunca utilizaríamos algunas de sus palabras. Tú, que odiabas ese “porque lo digo yo, que soy tu madre(padre)”, y el “te lo estaba avisando y al final ¿ves? ¡te has caído! ¡Te lo tienes merecido!” ¿Merecido? ¡Ay, pero, ¿qué he dicho?! Si estoy hablando igual que mi madre(padre)… Desolación.

Pero, ¿qué extraña fuerza superior nos mueve a reproducir comportamientos, actitudes y palabras de nuestros padres, que previamente a nosotros nos han causado tanta repulsión, tanto enfado o desmotivación? Es una fuerza inconsciente, profundamente arraigada, automática, prácticamente inevitable… ¿qué es?

Hace algún tiempo, leí en alguna parte que el 90% de las conversaciones que teníamos a lo largo de nuestra vida se dan con nosotros mismos y que tan solo un 10% de nuestras conversaciones se dan con otras personas. Dejando a un lado estas estadísticas 90-10, es asombroso el efecto que causa reconocer y tomar conciencia de que durante tanto tiempo de nuestras vidas conversamos con nosotros mismos, nos relacionamos con nosotros mismos. Conversaciones del tipo: “Uff, ¡otra vez lunes!” “Qué a gusto me encuentro en la cama, me quedaré 15 minutitos más” “¿Qué tengo que hacer esta mañana?” “Esta tarde tomaré un café con Esther, ¡genial!”. También las habrá del tipo: “Qué bien, cuánto me ha cundido esta mañana”, “antes de las 2 habré terminado, ¡bien hecho!” y las temidas: “otra vez lo mismo, ¡esto es un desastre!”, “siempre estamos igual”, “es que no me sale nada bien”… ocurren continuamente, de forma automática y, en muchos casos, nos pasan totalmente desapercibidas.

Que existe este diálogo interior o “lo que pensamos”, no supone ningún descubrimiento, sin embargo, entender el pensamiento como la relación que tenemos con nosotros mismos tiene implicaciones muy interesantes para la mejora de nuestro estado de ánimo y para nuestro comportamiento. En la base de la formación del pensamiento, de nuestro diálogo interior se encuentra algo más profundo, inconsciente y arraigado que son las “Creencias”. Las creencias no son ni más ni menos que nuestro manual de instrucciones para la vida. Voy caminando por la calle y me encuentro con una discusión de pareja que se va subiendo de tono, hasta que en un momento determinado llegan a las manos. Siento cómo el corazón me late muy deprisa, respiro con dificultad, se encienden todas mis luces de emergencia y me digo a mí misma “¿qué hago?”. En esa situación de incertidumbre abro mi manual de instrucciones por la página “Qué hacer ante una pelea de pareja en la calle” y leo lo que pone: “No te metas en líos ni peleas”. Claramente, paso de largo. Una vez en casa, reflexionando sobre lo ocurrido, me invade un cierto sentimiento de culpabilidad, y hablando conmigo misma me digo que quizás necesitaban ayuda, que no ha estado bien pasar de largo, puede hasta que me diga que he sido una cobarde y que he salido corriendo como un ratón asustado. Converso conmigo misma y me flagelo sin piedad por haber actuado como actué. Pero entonces, ¿por qué estaba escrito en mi manual de instrucciones “no te metas en líos ni peleas”? ¿cuándo y quién escribió eso en mi manual? La respuesta es sencilla y compleja a partes iguales: Tú mismo escribes. Sin embargo, la escritura no es creativa, ni genuinamente tuya: es una copia de mensajes, experiencias e información que has ido recogiendo en tu Libro a lo largo de toda tu vida. Has recopilado información formal del colegio, universidad, libros, artículos, cursos… y has decidido escribir parte de ella en tu manual de instrucciones, por eso cuando alguien te pregunta la hora sabes responder y cuando viajas sabes qué monumentos quieres visitar. También has escrito en tu manual que a ese restaurante tienes que volver porque la experiencia ha sido extraordinaria y que a ese taller de reparación de automóviles no volverás porque te cobraron mucho más dinero del que te presupuestaron en el inicio. Pero sin duda alguna, la información más importante que guardas en tu Libro Vital, en tu manual de instrucciones para la vida, es aquella que has extraído de tu familia primera, de tus padres. Has escrito las palabras, normas, creencias, actitudes y comportamientos que observaste en tus padres. Y ahora que tú también lo eres, en la velocidad del día a día, te sorprendes a ti mism@ leyendo y reproduciendo una a una las instrucciones de tu manual que recogiste de tus padres en cuanto a la maternidad/paternidad se refiere.

Y es que tener un manual de instrucciones puede ser algo maravilloso, resolutivo y eficaz, pero también puede ser algo culpabilizador, rígido y angustioso. Quizá hasta ahora, has vivido tu manual de instrucciones como algo ajeno a ti, y al releer algunos capítulos encuentres cosas con las que ya no estés de acuerdo, no te gusten o descubras que te generan mucho malestar. La clave está precisamente en convencerse de que la pluma está en tu mano, y que nada que no quieras ha de estar en tu Libro Vital. Es tuyo y tienes todo el poder que necesitas para reescribir cada parte discordante, amarga o que no te haga feliz. Lo que crees, creas.

Y ahora, ¿qué vas a incluir de nuevo en tu Libro? ¿Qué quieres cambiar o borrar? No olvides que en este momento tus hijos, al igual que tú hace años, se encuentran con su pluma en la mano escribiendo su propio manual de instrucciones. Muéstrales la belleza del tuyo, su lado más tranquilizador, resolutivo, amable, comprensivo y compasivo.

¿Empezamos?

 

Miriam Morán Rufo

www.unacasaenlasestrellas.com

 

 

 

¿QUIERES FORMAR PARTE DE FAMILIAS POSITIVAS? SUSCRÍBETE Y NO TE PIERDAS NADA NADITA