Si no crees en tu hijo, él tampoco lo hará.

De las muchas cosas que he aprendido sobre la disciplina positiva una de ellas ha sido esta: la importancia de transmitir a tu hijo la certeza de que va a conseguir algo,  porque es muy eficaz para que tu hijo se lo crea y vaya a por ello. Digamos que es como profetizar, como una premonición. Teniendo en cuenta que lo que nos suele frenar a la hora de intentar algo es el miedo y la falta de confianza, que tu madre o tu padre (tus referentes más especiales e importantes) crean en ti , ya es un subidón.

Cuando tu hijo lee en tu cara que ya no hay nada que hacer, que es imposible, que conoces sus capacidades y ahí están sus límites,  aunque  solo tenga 7 años, ¡uf!. Hasta ahí llegará, sí. Pero tú has sido su primer obstáculo. Con todo el amor del mundo, pero ya le has parado los pies.

Tenemos que creer, porque depende en gran medida de nosotros que ellos lo hagan. Todos deseamos en teoría niños y niñas que se conviertan en adultos felices, resolutivos, que sepan buscarse la vida, con confianza en sí mismos pero en la práctica educamos en el miedo, en la inmovilidad, en el conformismo, la resignación. ¿Cuándo entonces se convertirán nuestros hijos, hijas, alumnos y alumnas del presente en esos adultos tan fabulosos del futuro?

No tienes que mentir, no tienes que engañar ni decir cosas que no piensas, pero educa en la creencia de mejorar, superar obstáculos, avanzar, trabajar por un sueño y no frenes, no metas miedo y mantén a raya tu  falta de fe. No permitas que afecte a la vida de ese niño.   Solemos decir mucho esto de retórica pero con un mensaje contradictorio en  nuestra actitud hacia el niño y nuestra comunicación no verbal (nuestro mayor signo delatador de la coherencia existente entre lo que pensamos y lo que decimos).

Hace poco aprendí que los resultados son iguales al potencial menos las interferencias, y en estas interferencias solemos encontrarnos nosotros por varios motivos:

  • por nuestros prejuicios: no crees que tu hijo sirva para o por.
  • Por nuestros gustos y no estar conformes con las gustos de nuestros hijos.
  • Por considerar que lo que le gusta es poco provechoso para la vida adulta.
  • Para que no se estampe si no lo consigue.
  • Para ahorrarle sufrimiento.
  • Por comodidad.

Lo mismo ocurre en el aula. Las personas tienen la asombrosa capacidad de sorprendernos, pero si damos algo por supuesto, se convierte en una jaula transparente de la que es difícil escapar. El que es bueno seguirá siendo bueno aunque por dentro le reconcoman las ganas de pronunciarse, el que es malo mantendrá su rol porque al menos así consigue algún tipo de atención y por ende, el que es vago será vago de por vida, el que se dispersa no se centrará nunca, el bueno para las matemáticas se convertirá en científico y el malo para la lengua jamás será escritor. ¿De veras?

Si crees que tu hijo o tu alumno no tiene constancia o voluntad de trabajo, observa cómo juega a un videojuego o cómo juega al futbol con sus amigos. ¿No es constante? ¿No se esfuerza? ¿Se dispersa?

No es falta de constancia es falta de motivación.

Reinventarnos es una opción, cambiar de opinión y de gustos también lo son y por supuesto cambiar de actitud una posibilidad más.

Comienza a creer y transmíteselo a tu hijo o a tu alumno. Dile que estás convencido de que sabrá encontrar una solución, que podrá coger el ritmo de la clase, que será capaz de terminar los deberes, de comprenderlos, de conseguir lo que le gusta y que estarás ahí para orientarle y ayudarle en qué debe hacer para conseguirlo. Y ten fe.

No tienes absolutamente nada que perder y ellos mucho que ganar.

Un abrazo, Doris.

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