Que ganes tú, implica que tu hijo pierda.

¿Suena feo, verdad? Pues no solo suena mal sino que es lo que ocurre cuando entramos en una lucha de poderes con nuestros hijos. Y ¿cuándo hacemos esto? Pues cuando intentamos imponer que hagan algo: que recojan su cuarto, que hagan los deberes, que dejen de jugar a la play…

Muchas razones, muchas veces, todos los días del año.

Profundicemos un poco en la lucha de poderes:

¿Cómo nos hace sentir? Cansados/as, hartos/as, frustrados/as, desesperados/as, impotentes, enfadados/as y seguro que un montón de sentimientos más para llenar un remolque.

¿Cuál es nuestro objetivo cuando lo hacemos? Conseguir que mi hijo/a haga lo que le pido a toda costa. Empiezo pidiéndoselo tranquilamente y elevo el tono si no hace caso, hasta que termino con una amenaza o un castigo. El objetivo es salirme con la mía. Tengo que ganar porque si no lo consigo soy mala madre o mal padre, estoy dejando que se salga con la suya y significa que no le estoy educando, no quiero que se convierta en un gamberro/a y si no colabora debo utilizar la autoridad.

¿Cómo se siente tu hijo/a cuando lo haces?  En inferioridad de condiciones, resentido/a, resignado/a, enfadado/a, con ganas de vengarse, alejado/a de ti emocionalmente.

¿Crees que se siente enormemente agradecido/a contigo por haberle enseñado algo a la fuerza?, ¿crees que se siente más motivado/a para superarse y hacer las cosas de un modo mejor?, ¿crees que se siente querido/a mientras le haces pagar por lo que no hace bien?

Con todo esto, creo que podemos llegar a la conclusión  de que además de ser de los recursos más populares durante toda la crianza, nos deja mal sabor de boca, aleja emocionalmente a nuestro hijo/a de nosotros/as y encima no funciona (no mejora el comportamiento del niño/a porque hay que volver a decírselo una y otra vez)).  No educa, sino que somete y  se carga  la conexión con el niño/a, tan necesario para una buena relación entre tú y tu hijo/a.

Entonces ¿le dejo que haga todo lo que quiera? Rotundamente noEso sería permisivo, justo el otro extremo.

A continuación te muestro qué alternativas, más eficaces y a la vez respetuosas contigo y con tus hijos, te ofrece la disciplina positiva.

  • Las obligaciones de tus hijos son de tus hijos, no tuyas. Por lo que hay que vivirlas de esa manera.
  • No sermonees, eches en cara, reproches, o compares. Utiliza frases cortas (“la toalla” ), describe lo que ves (“hay una toalla mojada encima de la cama”), da información ( “Las toallas huelen mal si no se secan al sol”), utiliza una nota (“Hola, soy la toalla. Ponme a secar después de usar”) y no digas nada más. Una posible consecuencia: tu hijo/a no puede cambiar de toalla hasta que la seque de forma adecuada. Lo sabe , se consensa y se establece la norma. Todo esto antes de que ocurra.
  • Las normas deben estar claras, al igual que los límites. Si son pequeños/as, las tablas de rutinas les indican qué deben hacer en cada momento. No repitas todo el rato lo que deban hacer. Pregúntales ¿qué toca ahora? Deja que ellos/as tomen el protagonismo mirando la tabla para ver qué viene ahora. Si han participado en ella su colaboración será más efectiva, cuando dejen de hacerlo, siéntate de nuevo con ellos/as y haz con sus propuestas, las tuyas y  tu consenso  las modificaciones oportunas en la tabla.
  • Si te enfada mucho una situación, dile que estás muy enfadado/a y que hablarás del asunto cuando te hayas calmado/a. Y lo haces cuando te hayas enfriado, pero debes hacerlo. Si tu hijo/a también se ha enfadado, debéis estar calmados/as los/las dos. Lo permisivo de esta actitud no es aplazarlo sino no abordarlo.
  • Sé consecuente. Haz lo que dices. Si la norma es, cuando me vaya a la cama, si me encuentro algo tirado por ahí lo requisaré unos días, hazlo. Y no digas nada más. Por muy importante que sea lo que te hayas encontrado. No amenaces, no recuerdes, no digas “te lo dije”. Simplemente hazlo.
  • Si tu hijo/a tarda dos horas en comer, acuerda con él/ella (no a la hora de la comida), de cuanto tiempo dispone para el almuerzo. Explícale que alargar el tiempo, supone quitárselo de otras actividades como salir al parque, o el rato de los dibujos. Enséñale a entender el reloj. Siéntate con él/ella y habla de todo menos de la comida. Haz que sea un momento agradable y cuando se acabe el tiempo recoge los platos. Y hasta la próxima comida que no picotee nada de nada. No se le castiga, ni se le reprende. Ni se le vuelve a poner el mismo plato de comida para merendar. Solo se le enseña a cumplir la norma.
  • Si con frecuencia, tu hijo/a deja el plato principal, averigua cómo le gustaría más, cómo podrías cambiar el menú, implícalo en su elaboración, en la compra…si está involucrado/a aumentan las posibilidades de que se lo coma.
  • Sé honesto/a emocionalmente, y dile: me encantaría que recogieses el baño todos los días después de la ducha, sin tener que recordártelo. Y nada más. Es solo informativo.
  • Dale opciones: Puedes recoger el dormitorio antes o después de los deberes, ¿qué prefieres?

Todo esto son alternativas  más efectivas a la hora de conseguir que tus hijos/as acepten de mejor modo lo que deben hacer, te ocupa muchísimo menos tiempo que recordar veinte veces algo, mejora el clima familiar al reducirse las tensiones, la relación con tu hijo/a no se debilita, no generas mal rollo en tu hijo/a y te gustas más como padre o madre al no sentirte culpable por lo que le has dicho o por lo que has hecho.

¿Necesitas más motivos para intentarlo? 

¿Le dejo hacer lo que quiera? Rotundamente NOEso sería permisivo

Un abrazo,

Doris.

PD: Ya sabes, si te gusta o crees que le podría venir bien a alguien, puedes compartirlo sin problemas y si me das tu opinión, encantada de la vida.

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