La importancia de nuestra felicidad.

Algo de lo que me he dado cuenta a medida que sumo días a mi experiencia como madre y que también veo en los talleres, es que nos empeñamos en convertirnos en algo que no somos. No me refiero a los cambios naturales y de forma espontánea que se producen al tener un hijo: aparición de una nueva escala de valores, la amplitud del amor y de la ternura o el verdadero significado del sacrificio o la paciencia, pero no me refiero a esos cambios. Me refiero a las imposiciones que nos hacemos nosotros mismos por convertirnos en el padre o madre perfectos.

Las dudas siempre llegan: ¿Pero si practico e intento la crianza respetuosa puedo enfadarme? ¿No es incongruente que me canse y me harte cuando no consigo que mis hijos hagan lo que deben hacer? Para nada es incongruente y claro que puedes enfadarte. No solo puedes, sino debes porque es lo que hace una persona normal en circunstancias extremas (y la crianza de un hijo lo es) . Lo que no puedes ni debes es pagar tu enfado con nadie y menos con alguien tan vulnerable como un niño, pero en cuanto a mostrar esa faceta de ti, yo diría que es hasta conveniente que tus hijos te vean y observen cómo te desenvuelves en esa situación. No te olvides que el mayor de los aprendizajes se obtiene de la imitación.

Así que hoy me gustaría lanzar algunas reflexiones que se tornan ambiguas o poco claras cuando decidimos que queremos educar a nuestros hijos desde la disciplina positiva, crianza respetuosa, crianza consciente… Da la impresión que exprimirnos sabe a poco.

  • En todos los casos me atrevería a asegurar que lo principal para educar a un hijo eres tú. En el sentido de que depende de tu estabilidad emocional, juicio o sentido común para salir adelante. Por eso encuentro tan  necesario proveer nuestra felicidad. Sin desatender las obligaciones que genera tener descendencia, debemos cuidarnos, querernos y sobretodo ser coherentes con nosotros mismos.
  • Los hijos no deben estar por debajo de nuestros hombros pero tampoco en un pedestal.Encontrarnos al mismo nivel es lo deseable en cualquier relación entre personas.
  • La vivienda, el numero de mascotas o los lujos adicionales no deben elegirse o decidirse solo por los hijos. Todos importamos en casa. Si yo tengo alergia al pelo de ciertos animales, que mi hija quiera un perro no debería ser motivo suficiente para tener uno en casa.
  • También deben importar mis gustos y como no mis aficiones. Y debemos incluirlos en los planes familiares.
  • Y también importa mi tiempo. No estoy disponible las veinticuatro horas cuando son mayores de cuatro años aunque sean lo primero siempre para mí.
  • O por ejemplo, si odias el campo puedes hacer el esfuerzo puntualmente por llevar a tus hijos a que disfruten al aire libre, pero no es necesario que te vayas de acampada cada fin de semana.
    No creo en niños felices con padres desgraciados.    

Y todo esto, no tiene por qué tratarse de  vagancia o egoísmo o que no hayas madurado a pesar de tener descendencia. Porque si los has tenido y tienes  dos dedos de frente todo cambia, pero a veces en pos de un imaginarium perfecto hacemos muchas tonterías y entre ellas nos olvidamos de nosotros mismos. Y yo incido en la importancia de que seas lo que quieras pero que te haga feliz. Sin guión. Si quieres ser servicial y sacrificado hazlo, pero no porque creas que es lo mejor para tus hijos sino porque crees que es lo que más feliz te haría y en consecuencia también a ellos.  No creo en niños felices con padres desgraciados. Definiendo felices como la capacidad de poder sentirnos a gusto en nuestra propia piel y con nuestra vida.

La felicidad de tus hijos no debe ser a tu costa ¿no crees?

Un abrazo, Doris.

PD: Me encantaría saber qué piensas sobre esto y si te apetece no dudes en compartirlo. Quizás le venga bien a alguien.