Mi experiencia con 3 niños.

La semana pasada tuve que poner en práctica lo que sabía de teoría sobre cómo lidiar con varios niños a la vez (yo solo tengo una hija). Me hice cargo durante unos días de mis dos sobrinas  junto con mi hija de 5, 3 y 2 años respectivamente. Durante varios días conviví con ellas 24 horas, haciéndome cargo de sus comidas, aseo, juegos y entretenimientos y he de decir que aparte de lo cansado y confuso en muchas ocasiones que me pareció la situación, pude constatar y concluir que tratar bien a un niño mejora considerablemente su comportamiento. Especialmente, y esto es lo que más me costó a mí y entiendo que al resto de los padres, cuando hacían algo que no debían.

Mi sobrina mayor y mi hija son más tranquilas, pero mi sobrina de tres años es una niña inquieta. Lo mira todo, lo toca todo, lo coge todo, se sube a todo. No está quieta ni cuando come.  A pesar de que come como una lima, se mueve y se remueve en su silla muchísimo por lo que su espacio, después de comer, parece un campo de minas. Esto fue lo primero que tuve que aceptar: ella necesita moverse y aunque me ponga nerviosa debo permitirlo.

Lo que observo , cuando llego a casa de mi madre que es donde nos quedamos, es que mi madre se dirige a esta sobrina de la siguiente manera:

  • La reprende de forma continuada. . “No cojas eso, no toques aquello, estate tranquilita viendo los dibujos…” ,
  • Compara: “Mira a tu hermana”, “Mira a tu prima”
  • Amenaza: “Cómo no me des el mando no sales a la calle”, “ Te quito los juguetes”.
  • Chantajea: “Le voy a decir a tu madre que no te traiga más porque no haces caso y yo no puedo”

Y todo esto, seguido y en diez minutos. Y a las 10 de la mañana ya le ha soltado toda la retahíla. Y lo peor ¿Mi sobrina ha mejorado su comportamiento? Nada. Ni un ápice. Y yo añadiría que insiste aún más en ese mal comportamiento. Lo que ha hecho mi madre, con su mejor intención, aparte de ser lo más cotidiano y lo que hubiese hecho yo hace cuatro años,  es intentar controlar la situación desde la imposición (la única vía que conoce) y el resultado es la desobediencia y la rebeldía.

Así que se presentaba ante mí un reto enorme. Conocía la teoría pero no la había podido aplicar por mí misma así que me puse manos a la obra. Os cuento lo que hice ,probando y analizando todo el tiempo qué podría venir bien.

  • Corté de raíz los comentarios que me hacía mi sobrina la mayor sobre su hermana. Quería que las etiquetas desaparecieran. Borrón y cuenta nueva. Así que agradecía a mi sobrina la información (cada vez que lo hacía y que eran muchas) pero le decía. “Prefiero que me cuentes solo cosas tuyas. Nada de tu hermana o tu prima, a no ser que sea algo muy peligroso”. Al principio, no lo entendía y lo hizo varias veces pero siempre le decía “Prefiero que me cuentes cosas tuyas”. Le dije también, que ya no tenía que hacer de policía, que se relajara y que si alguien metía la pata, buscaríamos soluciones.  Al final, redujo considerablemente las veces que lo hacía.
  • Cuando mi sobrina pequeña pegó a su hermana, porque no le quería dar algo que la otra tenía,la mayor vino corriendo a mí. Tras escucharla le dije, “Entiendo lo que ha ocurrido. No querías prestarle el juguete y te ha pegado. Pero estas discusiones tenéis que ir resolviéndolas vosotras, para intentar que no vuelva ocurrir o que ocurra menos.” Después me dirigí a la pequeña. En cuanto  me acercaba a ella, enseguida salía corriendo o me daba la espalda con la cabeza baja, así que me aseguré de que me escuchara y le dije: “no te voy a castigar. Solo quiero conocer tu versión y ver cómo se puede solucionar. Cuando quieras contármela, te escucho. Estoy en la cocina”. Al poco tiempo, vino, aún con cara de desconfianza. Le pregunté si quería contarme lo que pasó. Su hermana, saltó, pero le dije que era el turno de su hermana. Me lo contó y yo respondí. “Yo no voy a decidir quien tiene la razón, pero me gustaría que pensaras cómo te gusta a ti que te pidan las cosas. ¿Con palabras o con una torta?  Le pregunto a la mayor. Ella responde. Y la pequeña se queda callada, sonríe y dice valeeeee. Y se marcha.
  • Procedí igual cuando me entero que se ha subido a una estantería. Le digo “ Cuando quieras contarme lo de la estantería, hablamos. Me gustaría explicarte por qué es peligroso subirte”. Y le repetí: “No voy a castigarte. Solo asegurarme de que entiendes el peligro que corres”.Vino a mi, al poco rato y le dije: “No me gusta que te subas a la estantería porque si te caes puedes hacerte un golpe fuerte. Está muy alto. Y además, se te puede caer el mueble encima.  Me da miedo que te hagas daño, por eso prefiero que no lo hagas”. Sonrió y se fue. Y no lo hizo más.
  • Sacó un pelador de patatas del cajón. Mi madre le ordenó con voz alta que lo guardara y se lo intentó quitar de las manos. La niña se negó, y riendo salió corriendo. Yo le dije, “Lo que tienes en la mano, es un pelador de patatas. No es para jugar, te puedes cortar. Cógelo con cuidado y cuando hayas terminado de verlo, guárdalo aquí, por favor”. Y me aparté y me fui a otra cosa, observándola de reojo. Ella vino y lo dejó donde se lo indiqué. (Lo que menos funciona con un niño pequeño es quitarle algo de las manos. Es mejor pedirle por las buenas que lo deje en su sitio).
  • Otra cosa, en la que entre todas buscamos una solución mientras cenábamos, fue utilizar un gesto con la mano para recordarnos que teníamos que hablar más bajo, para no estar repitiendo todo el tiempo que hablaran más bajito. Y lo hacían. Mi sorpresa ha sido que ya hemos llegado a casa y  mi hija, muy seria, anoche me lo hizo  a mí, cuando me puse a cantar al lado de ella.

Mi sobrina pequeña, tras demostrarle dos veces que no iba a castigarla a pesar de haberse portado mal,  cambió conmigo. Quería estar a mi lado jugando y no se ponía a buscar cosas raras que probar. También aumentó su colaboración (aunque siempre en menor medida que las otras dos) y aproveché para dedicar  mucho tiempo a jugar con ellas juntas aprovechando también su compañía para que hicieran cosas útiles como ayudarme a poner la mesa o doblar la ropa lavada.  En general, su comportamiento mejoró. No dejó de subirse a los sillones. Yo me limitaba a decir “yo ya te he dicho por qué no debes subirte al sillón, si te caes quién se hará   daño serás tú y  no yo. No voy a recordártelo más veces”. Y dejaba de hacerlo o lo repetía una o dos veces más y se venía a ver qué estaba haciendo yo.

Aún así,  tuve que aceptar que ella era más activa que las otras dos niñas, más curiosa y no aceptaba un no a la primera, necesitaba comprobar las cosas por ella misma. Pero esto ya formaba parte de su forma de ser y no de un mal comportamiento.  Sería como pedir peras al olmo por lo que es fundamental conocer a los niños y  aceptar cuanto antes a lo que nos enfrentamos.

Por todo esto, puedo decir aún con más seguridad, que estoy convencida de la efectividad de la disciplina positiva y la capacidad que tiene de  reducir la frecuencia y la intensidad de los conflictos, permitir la posibilidad de dar permiso a los “niños malos” de portarse bien, a eliminar etiquetas, eliminar actitudes que no ayudan a un cambio de patrón, como los chismes de mi sobrina sobre su hermana.Pero esto, no es un camino de rosas.  No es nada fácil,es agotador y generalmente no suele ser lo único que hacemos durante el día,  por eso es tan necesario tener ayuda, del tipo que sea, porque con familia numerosa faltan manos y sobretodo alguien que sirva de vía de escape cuando nosotros estemos a punto de estallar. Y si no hay ayuda, quitaros prisas y exigencias banales, actividades complementarias, obligaciones que no lo son de verdad y todo aquello que solo repercuta en que estemos más estresados.

Y por último, rebajemos expectativas  sobre cómo deberíamos hacer las cosas, y centrémonos en el enfoque en soluciones, dar segundas, terceras y cuartas oportunidades si hace falta, alentar en lugar de castigar, comprensión sobre otras maneras de hacer las cosas o actitudes propias de la edad del desarrollo y sobretodo llevémonos bien  con nuestros hijos, aunque no hagan lo que les pidamos.

Este artículo es muy personal pero me parecía necesario contaros mi experiencia porque sé que muchos de vosotros vivís cada día con estas circunstancias.

Un abrazo, Doris.