En sus zapatos.

Puede que este título no te diga nada. A mí después de tres semanas de vacaciones, en las que he vuelto feliz pero más cansada y estresada que cuando me fui, me lo dice todo. O te pones en los zapatos de tus hijos o mueres (con un poco de humor claro).

Mi hija de dos años no ha disfrutado como yo esperaba (mis expectativas) de tres semanas de vacaciones. Estaba cansada, irritada, llorosa. Dormía más de lo habitual y mal (levantándose varias veces por la noche de la cama), caminaba menos de lo acostumbrado demandando más carrito y sobretodo brazos, lloraba por cualquier cosa y casi todo el día… En fin, una actitud radicalmente opuesta a como se comportaba antes de irnos de vacaciones.

Entonces ¿Qué le pasa? Me  pregunté muchas veces: Puede que esté incubando algo, la presión atmosférica, el vuelo…No. Ella solita resolvió la incógnita cuando me dijo un día: “Calle no, jugar” (sus expectativas).

Quería jugar y esto es lo que debía haber hecho la mayor parte del tiempo. Mi hija se encontraba desorientada con el cambio de comidas, de lugares, de horarios, de cama. No hubo un día igual que otro, sobrestimulada por las miles de luces navideñas, los decenas de Papás Noel que reparten caramelos, una amiga de mamá, otra de papá, sus abuelas, sus tíos, sus primos, el perrito de sus primos…

Mi hija no está acostumbrada. En casa somos tres y vemos una vez al mes a algún familiar pero el resto del tiempo estamos solos así que tuvo que darle un vértigo asombroso tantísima información.

Para mí, la ilusión por estar en mi ciudad, el gentío, las luces, las tiendas, la oferta gastronómica y la familia, hizo que se me olvidara que ya no voy sola y ella comienza en su idioma a decirme lo que le ocurre.

Escribo esto porque me he dado cuenta de lo importante que es estar atento a las señales que nos dan nuestros hijos. Ponernos en sus zapatos para evitar grandes tragedias. En muchas ocasiones he visto a padres castigando a sus hijos por no portarse bien, correr o saltar donde no se debía, por estar llorando, o por tirar un plato de comida…y seguramente muchos de esos conflictos se hubiesen resuelto de otra manera si hubiésemos pensado en sus necesidades y no en las nuestras. Ya lo recoge una compañera de disciplina positiva en el artículo Si supieseis. En el día a día, tengo en cuenta  por ejemplo, que una niña de dos años no aguanta más de media hora sentada (y depende del niño) en una terraza, aunque lleve un arsenal de plastilina, colores para pintar y animalitos. Tarde o temprano se querrá levantar y correr y no sería justo enfadarme por ello porque es una necesidad propia de esta edad. Si no tenemos esto en cuenta, sobrarán castigos, gritos y enfados.

Con esto no quiero decir que siempre haya que hacer lo que quieran nuestros hijos, o renunciar a todos nuestro deseos para que ellos estén mejor, pero sí ser conscientes de que para que nosotros estemos bien, ellos deben estarlo primero. Cuando no hablan o no tienen la madurez para explicarte cómo se sienten, un mal comportamiento o uno diferente al cotidiano pueden estar dándonos las pistas de que algo no va bien. 

Ponernos en sus zapatos, evita conflictos.

A pesar de mi formación y experiencia, soy persona y se me pasó por la cabeza el no venir más de vacaciones, que la niña no está preparada, que qué faena no poder comer tranquila en el restaurante tan chulo al lado de casa de mi madre y mil cosas más… y de repente, me paro y lo acepto. Mi hija no tiene ningún problema para viajar ni para estar de vacaciones pero solo si atiendo sus necesidades (superlógico, pero que al tratarse de una menor a veces subestimamos). Si yo estuviese cansada, desorientada, saturada de información y sin saber a qué hora como y dónde es muy probable que me hubiese puesto diez veces más antipática o borde con mi chico.

Así que me puse a pensar en las cosas que podía cambiar para que ella se encontrara mejor y por ende su padre y yo también, y fueron estas:

  • Mantener en la medida de lo posible sus rutinas: No es que no las tuviera, pero se habían vuelto muy laxas según lo que hiciésemos cada día.
  • Tiempo para el juego, para descansar. Esto significó algunas tardes quietecita en casa o mañanas solo de playa.
  • Sin prisas y sin grandes expectativas: reduje a una o dos cosas lo que me hacía ilusión hacer.
  • Hice la mayor parte de las compras en solitario.
  • Comer más veces en casa y comida que ya conociese.
  • Y mucho amor y comprensión. A veces se ponía a llorar sin más y me limitaba a a abrazarla. Ya no le preguntaba, ni le hablaba, ni la distraía. Necesitaba calma interior sin más.

Con todo esto no se produjo un cambio radical en su comportamiento (me di cuenta tarde  y ella ya estaba muy cansada) aunque si se produjo alguna mejora y sobretodo yo aprendí la importancia de ponerme en sus zapatos. De entrada, habrá cambios en las próximas vacaciones cuando las haya y es que serán de máximo una semana, con menos propósitos y sobretodo de más juego para mi pequeña Laia. Su padre y yo ya estamos mentalizados del cambio de vacaciones que nos quedan por delante. Para que ella y nosotros podamos disfrutar de unas merecidas vacaciones.

¿Os suena esta situación? Ya sabéis como siempre que espero vuestros comentarios y si creéis que puede venir bien a alguien podéis compartirlo sin problemas.

Un abrazo, Doris.

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