Firmeza, también.

El término firmeza está menospreciado dentro del imaginarium que tenemos sobre crianza respetuosa, crianza consciente o cualquier tipo de crianza en el que no estemos conforme con los castigos y consideremos el respeto como algo intrínseco que debe darse entre sus progenitores y los niños. Nos da miedo porque la palabra en sí tiene connotaciones negativas como la  falta de flexibilidad, la distancia emocional, la imposición , la autoridad, el miedo…

Lo curioso es que la firmeza también tiene ventajas o cualidades positivas como la seguridad, el orden, o la confianza de que eres consecuente con lo que dices. Entonces, si aporta cosas positivas ¿por qué nos da miedo, somos reticentes a usarla o nos culpamos cuando lo hacemos?

Básicamente porque pensamos que la firmeza debe ser solitaria. Que camina sola. Y sola y como elemento principal en la educación de un niño es nefasta pero junto a otros componentes, la firmeza se crece en lo bueno. Es lo que ocurre si la combinamos con la amabilidad, que saca lo mejor de ella. De repente, la firmeza encuentra el contrapunto a su lado oscuro.

Por su parte, la amabilidad por si sola también se queda en precario. Como ventajas tiene que es cercana, invita a la confianza, elimina tensiones pero en el otro extremo puede generar inseguridad, no hay límites claros, no muestra coherencia. Si la unimos con la firmeza, los aspectos positivos  se complementan, cubriendo una a la otra los aspectos más negativos. Lo que le falta a una lo tiene la otra, formando la combinación perfecta de un modelo de crianza democrático que es donde se integra la disciplina positiva.

Puede que te suene raro, puede que te suene contradictorio pero en la mente de un niño, sus padres somos sus guías y sus referentes de seguridad. Sin límites no hay seguridad, aunque en realidad lo que genera esa confianza no es su mera existencia sino que los límites estén vivos, sean reales y perceptibles y no solo mera palabrería.

Tu hijo necesita que vayas en serio y esto no significa estar enfadado, ponernos bordes o elevar el tono de voz para parecer más autoritarios. Lo que necesitan es que seamos coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos para que su seguridad no se resienta. Aunque no les gusten ciertas normas, que estén puestas les dan garantías de que le importas y te preocupas por ellos, y si  además haces porque  estas se cumplan les añades un plus de seguridad y confianza.

Así que no te recrimines o te sientas culpable cuando hayas tomado una decisión que implica firmeza. Si has dicho que si en el centro comercial salen corriendo cada uno por su lado, os marchareis al coche diez minutos para calmaros y volver a intentarlo, no lo adviertas, no lo recuerdes. Simplemente cógeles de la mano y llévatelos al coche si han decidido ir por libre. Educar con disciplina positiva significa que no utilizas la imposición, pero sí trabajas la asunción de la responsabilidad y para ello es necesario que los niños experimenten las consecuencias de sus decisiones que pueden conllevar al cumplimiento de una norma. Esto no quiere decir que las normas deban ser rígidas. Si no valen o son exageradas cámbialas pero sobretodo es necesario que las conozcan para que ellos decidan hasta donde llegan y si además han participado en su elaboración mucho mejor.

Ahora, para que no se te olvide esta combinación, te pido que te imagines un árbol. Firme en sus raíces, flexible en su tronco y  amable en  su copa.  Tres elementos indispensables en la educación de nuestros niños.

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